viernes, 22 de enero de 2016

SERIE – ESCRIBIENDO ‘FLOR DE CANELA’: Diamante Ajedrez


Diamante Ajedrez fue una novela que escribí durante la preparatoria. Mi primera novela. O un intento de novela.

El último año de la preparatoria estuvo lleno de emociones encontradas. Era el año en que llegábamos a la cumbre de un sistema marcado por las jerarquías. Éramos los “Dioses del Olimpo de la Academia”.

Pero ese año comenzamos con el pie izquierdo, pues aquel que era nuestro líder, el abanderado de la escolta, el comandante del cuerpo de cadetes moría no bien comenzado el curso. Un accidente automovilístico cegó su vida y la de otros miembros de su familia. El manejaba. Y era muy loco para manejar. Los detalles los supimos a cuentagotas y como suele ocurrir con mensajes que se filtran mediante intermediarios, cada interpretación contribuyen a tejer las fantasías.

El día de su muerte nuestra generación lloró. Los Dioses del Olimpo agacharon la cabeza y no pudieron ni siquiera brindar un digno paso dragón en honor del compañero, del amigo.

Con esa funesta noticia a cuestas entramos al salón y en el pizarrón una frase nos recibía de frente: “Aquel a quien los Dioses aman, muere presto…” Con ese extracto modificado de “Los niños mártires de Chapultepec” de Amado Nervo, trataba de reconfortarnos el Profesor Mario Julio del Campo Villarreal, una leyenda de la Academia Militarizada “México” quien a la postre se convirtió en mi mentor y mi amigo.

El Profesor del Campo - como lo llamábamos habitualmente-, era un erudito en toda la regla, uno de esos sabios que se ven ya poco en cualquier parte. Bajo su cargo quedaron cuatro asignaturas que cursaríamos ese año: Literatura Universal, Literatura Mexicana e Iberoamericana, Inglés y Taller de Investigación y Redacción.

Sus clases nunca fueron clases formales. Eran tertulias llenas de anécdotas, chistes, albures - los verdaderos retruécanos de la lengua, casi siempre en sentido sexual para humillar la virilidad ajena “no se puede alburear a una mujer decía el”-, pero también muchas letras en su mejor sentido, e historia con una profundidad excepcional pero con una amenidad sorprendente, todo ello mezclado con el aire de un aristócrata anacrónico en más de un sentido, amante de la belleza, del buen gusto y muy exigente con la ética militar.

Dos años antes de la aparición en el cine de “La Sociedad de Los Poetas Muertos”, nosotros ya habíamos tenido nuestra rebeldía contra dirección de la escuela por algún asunto que ahora es difícil de recordar, nuestro Mr. Keating en la figura del Prof. Del Campo y de alguna forma nuestro Neil muerto aunque por razones distintas. Quizás hubo también algún Nuwanda y otros personajes por el estilo.

Lo que no hay duda es que fue un año de letras, aun para aquellos que nos llamaba la biología, la física, la química o las matemáticas. Y en ese ambiente comenzaron a florecer entre nosotros algunos talantes, pocos talentos y muchas copias forzadas. Uno de esos talentos fue un compañero mío – podría decir amigo pero no lo fue en realidad – que tenía una pasión por Star Wars desde siempre y escribió una novela de ficción cuyo destino a la postre desconozco, pero influyó en otros o al menos en mí para imitarlo.

Napoleón decía que la historia está llena de pocos originales y muchos ecos. Yo al menos en ese momento fui un eco. Me ilusionaba la idea de escribir un libro, que fuera editado, que llevara mi nombre. Quería sostener un volumen que contara una historia escrita por mí. Jorge – así se llamaba el autor de libro – ya me había mostrado que se podía, aún teniendo 17 años.

A este deseo se añadió la coyuntura de una convocatoria para participar en un concurso literario organizado por un periódico – Novedades – y una editorial – Diana – con una obra inédita de al menos 100 páginas de extensión.

Así inició mi primera aventura con la escritura, tecleando por las noches una historia también de ciencia ficción, como si esta fuera la tendencia natural de pseudo-escritores pretenciosos e imberbes. 

Diamante Ajedrez fue un nombre cuyo origen ahora me parece oscuro, solo recuerdo que fue también el nombre del protagonista, un científico que descubrió la manera de viajar a la velocidad de la luz en una nave construida a prueba de daños y tripulada solo por el mismo. No requería a la NASA para su proyecto – nunca lo pensé pero tal vez construyó la nave de titanio  en el patio de su casa – y del financiamiento ni siquiera hubo mención.

Lo importante es que este aventurero espontáneo, fue tragado por un hoyo negro que lejos de hacerlo añicos, lo trasladó a un sistema solar paralelo al de la Tierra pero con una rotación en sentido contrario – es obvio ¿no? – cuyo principal problema era que su Sol comenzaba a extinguirse.

Esta historia con todo y sus amalgamas, podría haberse narrado como un cuento en 10 páginas ¡pero el concurso exigía 100 como mínimo!, razón por la cual tuve que imaginar o teclear al menos unas 90 páginas de historia que rellenaran a la principal.
Introducción del escrito original de Diamante Ajedrez

Mi audaz proyecto una vez enviado no recibió la atención del público que yo esperaba, porque nunca llegó al público. Tal vez el comité del concurso ni siquiera dejó que llegara a los revisores para evitarles la pena, cortando de tajo mis grandiosos ímpetus como escritor.

Y así Diamante Ajedrez pasó de ser la gran aventura al gran recuerdo sobre cuyas hojas se fueron acumulando años, entre los que de cuando en cuando se colaba el deseo de desempolvarla, editarla y publicarla por fin.

El 2º Concurso Literario de Autores Indie organizado por la Tienda Amazon fue la ocasión para despertar al durmiente, pero esa es una historia que dejaré para el siguiente post.